Los orígenes.

La aceptación e incorporación del cristianismo como religión oficial del estado romano es un síntoma claro de la transformación radical de la ideología clásica del imperialismo romano: ideología que había sido la base de su grandeza y de su larga perduración. El cristianismo, que tenía como ideas capitales el universalismo y la salvación individual, se mostró radicalmente opuesto al culto al emperador.

La doctrina de Jesús de Nazaret, llamado Cristo, nacido por obra del Espíritu Santo (cf. Lc 1,1), recibe el nombre del Evangelio, Buena Nueva, Buena Noticia. Esta doctrina nacía apoyándose en la base dogmática del monoteísmo judío, pero suponía una superación y sustitución de su moral por unos nuevos principios de amor, igualdad y fraternidad; junto con la enseñanza del camino para la redención individual, con la promesa de la salvación eterna.

La doctrina de Cristo supuso una revolución, al anunciar el reino de Dios (“Haced penitencia, pues el reino de Dios está cerca”), y al dirigir sus enseñanzas más allá del alcance de la política (“Mi reino no es este mundo”), intentando despertar en cada uno de sus seguidores la conciencia de su dormida espiritualidad interior. Para ello, tuvo que luchar contra el formalismo propagado por los fariseos, destruyendo el orgullo, la ambición y las pasiones terrenales.

 La difusión del cristianismo:

El carácter del cristianismo fue impuesto por Jesús a sus seguidores, los Apóstoles, en primer lugar. Éstos, encabezado por Pedro, se dedicaron a extender la nueva doctrina de salvación, incluso más allá de Israel. Comenzaron por las colonias de judíos por todo el mundo, ya que, por afinidad ideológica y cultural, eran los más próximos a la doctrina cristiana, y propensos, por ello, a la conversión

 

Por esta razón y por haberse declarado públicamente Hijo de Dios, los judíos acusaron a Jesús ante sus autoridades y las romanas de impostor y de haber subvertido el orden romano. Fue, por ello, condenado a muerte y ejecutado en la cruz, el castigo propio de los ladrones y asesinos. Pero, Dios lo resucitó de entre los muertos al tercer día. Subió al cielo. A los cuarenta días, envió al Espíritu Santo. A partir de este momento, los apóstoles difundieron el mensaje de salvación de Jesús por todo el mundo.

Pedro, elegido por Jesús como cabeza de la Iglesia, marchó primero a Antioquia, donde por primera vez los paganos denominaron a los seguidores de Jesús (los santos) cristianos., y luego marchó a Roma, capital del imperio.

Junto al apóstol Pedro, fue Pablo la figura más importante en la difusión del cristianismo como religión universal. De perseguidor de los cristianos, tras una crisis religiosa, se convirtió al Cristianismo y pasó a ser un ferviente difusor de la nueva doctrina, no sólo entre judíos, sino también en los ambientes romanos (Apóstol de los gentiles). Como consecuencia de la labor proselitista de los fieles cristianos, la religión de los seguidores de Jesús, a quien solamente una minúscula parte de la población del Imperio había conocido, y que sufrió el castigo de Roma reservaba a los más indignos de súbditos, pasó a convertirse en la única religión oficial del estado.

 

Las persecuciones:

El cristianismo fue objeto de numerosas persecuciones, que condujeron a muchos de sus fieles al martirio y a la muerte, por no abjurar de unas ideas consideradas peligrosas y revolucionarias, y no sólo por razones estrictamente religiosas. Desde el punto de vista político, negaban la divinidad del emperador y, por tanto, el culto a su figura, rechazando el cumplimiento de los obligados preceptos religiosos oficiales. Esta actitud de negar la autoridad del emperador minaba la unidad y la consistencia del Imperio, por lo que fueron oficialmente declarados enemigos del Estado.

 

El triunfo del cristianismo:

A finales del siglo IV, el cristianismo experimentó el inicio de una etapa expansiva que no habría de interrumpirse a partir de entonces. Penetró en todos los grupos sociales de las ciudades, llegando hasta las capas más altas de la Administración del Estado. A Partir de Constantino contó con la protección del emperador, quien intervendría, a partir de entonces, en los conflictos internos de la Iglesia antes perseguida, la religión cristiana se había convertido en una religión de Estado, identificándose los interese de éste con lo de aquél.

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