Querido Hermano Templario, considera que eres deudor a la justicia de Dios; de deudas inmensas contraídas por tus pecados, y que de ningún modo podrías satisfacer, porque el pecado es, en cierto modo, infinito, pues va contra Dios, cuya majestad es infinita, y como una ofensa infinita no puede ser satisfecha sino por una persona infinita; fue necesario que Jesucristo se prestase a ello, saliendo por tu fiador y derramando su sangre.

De aquí has deducir que, siendo la satisfacción de Jesucristo absolutamente infinita, no solo iguala, no excede a todos tus pecados y a los de todos los hombres, por graves que sean. Es mayor la gloria que recibe Dios por el más mínimo de los dolores que sufrió Jesucristo, que no la ofensa que se le ha inferido y se la infiere por todos los pecados del mundo. Esto debe ser para ti motivo de gran confianza.

Aunque estuvieras cargado con todos los pecados de los hombres, y aun de los mismos demonios, una sola gota de la sangre de Jesucristo tiene sobrada virtud para borrarlos.

Tal vez te sugiera el demonio que tus infidelidades y frecuentes recaídas, tu tibieza e insensibilidad, pueden haber sido causa de que Jesucristo se olvide de ti y te haya abandonado a la cólera de su Padre. Más ¿cómo puede olvidarse de ti, cuando te ha grabado en sus manos y en su corazón para no perder jamás el recuerdo de lo que le ha costado tan caro? ¿Ni cómo puede el Eterno Padre mirarte con cólera, cuando te ve por entre las llagas de su Hijo todo cubierto de sangre?

Pídele que no deje de mirarte por entre las llagas de tu Salvador, en las que debes refugiarte; porque la sangre de esas llagas es más elocuente y clama más alto a tu favor que la voz de tus culpas en contra tuya; y tiene más fuerza para ganarte la gracia de Dios, que tus pecados para hacer que caiga sobre ti la cólera divina.

Por todo lo dicho, Hermano Templario, refúgiate en el corazón adorable de Jesús, como en un asilo inaccesible a la indignación divina, y tendrás más motivos para confiar en la misericordia infinita de Dios que mira la satisfacción dada por su preciosísimo Hijo, que para temer a su justicia a la vista de tus pecados.

 

Querido Hermano Templario, considera que nada te dice tanto de la gravedad infinita de tus pecados, del odio que Dios les tiene, de las penas eternas que por ellos merecerías, y por consiguiente, nada te debe mover a llorarlos tanto con lágrimas de sangre, como la contemplación de Cristo crucificado.

Y después de que lo hayas así contemplado, pregúntale: Oh Señor mío! ¿Quién os a hecho esas llagas que traspasan vuestras manos? Jesús, mostrándote sus heridas, te dirá: "Tu eres quien así me has maltratado; tú, a quien tanto he amado; tú, que tanta obligación tenías de amarme".

Considera también que sin motivo alguno, y solo por un extremo de ingratitud, has inferido a tu Salvador todos esos ultrajes. ¿Qué es lo que te ha hecho para que le trates así? ¿Que quejas tienes que darle ni que reconvenciones que hacerle? ¿Hijo mío!, te dice Jesús desde lo alto de la Cruz, ¿que te he hecho para que me trates de una manera tan cruel e inhumana? Te he amado con un amor eterno e infinito; tengo abierto el corazón y los brazos para estrecharte amorosamente en ellos; todas las delicias del cielo y de la tierra son para ti; te he dado todos los dones de naturaleza y gracia y te preparo los de la gloria, ¿y en vez de agradecer estos favores, me azota, me coronas de espinas y me clavas en una cruz? ¿Que puedes responder Hermano, a estas justas y amorosas quejas? ¿Que defensa te queda sino los suspiros y las lágrimas, y un dolor profundo de tus pecados que han abismado a tu Redentor en este mar de dolores? Procura enmendar tu camino, y andar siempre buscando la luz de la verdad y la gracia, para así poder ser justo y por ello digno de ver el rostro de nuestro Señor Jesucristo.

 

Querido Hermano Templario, considera en primer lugar, el número y condiciones de os instrumentos que sirvieron para la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo; la lanza que le atravesó el corazón, los cordeles con que le azotaron hasta desgarrarle las carnes, la corona de espinas, los clavos con que taladraron sus manos y sus pies. Que si atentamente lo consideras, sacarás de ello grandes motivos de compasión, a que te obliga el agradecimiento, porque habiendo sufrido eso por ti, lo menos que puedes hacer es compadecerte de sus dolores.

Fija después tu vista en la multitud de llagas; contempla los arroyos de sangre que de ellas brotan, las salivas que desfiguran su hermosísimo rostro, prueba la hiel y el vinagre que le dieron a beber para apagar su sed, y escucha, por último, esta amorosa queja que eleva al cielo: "¡Dios mío, Dios mío! ¿Porque me habéis abandonado?" Acuérdate de que quién sufre tan horribles tormentos es inocente, es el Hijo de Dios, el Dios de la Gloria, y juzga luego si, a no habar perdido toda sensibilidad, ¿puedes permanecer indiferente ante tamaña desdicha?

A estos motivos de dolor, capaces por sí solos de ablandar a las piedras, añade que todos los suplicios que padeció Cristo, no solo los sufrió por ti, sino que tú mismo, como si realmente hubieras esgrimido los instrumentos de su Pasión, se los hiciste padecer. Para convencerte de esto, has de pensar que Jesucristo, infinitamente hermoso, era el objeto de la eterna complacencia de su Eterno Padre; infinitamente santo era también inaccesible el pecado; infinitamente dichoso, era incapaz de padecer, pero como se hizo el fiador de todos los hombres, se encargó de pagar la pena que todos los hombres habíamos merecido, y llevo todo el peso de la culpa. ¿Podrás dejar de compadecer a Jesús que, a pesar del horror infinito que tiene a tus pecados, cargó con ellos para librarte de la pena que por ellos merecías? ¿Podrás en adelante amar el pecado, que ha reducido a tu Salvador a un estado tan lastimoso y digno de compasión? ¿Podrás Hermano Templario; eludir tu responsabilidad y negarle el amor, que como tú Dios merece aquel que ha dado la vida por ti?

¿Podrás soldado de la luz, apartar tus ojos de esa visión y negarle a nuestro Rey de Reyes, la compasión que merece, y el amor que estás obligado a darle?

Empuña tu espada Hermano, y junto con tus Hermanos Mayores, grita con vos en alto: ¡Vive Dios Santo Amor! Mi vida y mi muerte sean para Ti, la mayor ofrenda que puede hacerte, porque yo Dios mío soy tu Soldado, un Templario.

Querido Hermano Templario, entre todos los sucesos que sorprenden al hombre, sumándole en un profundo arrobamiento, ninguno tan admirable como la pasión del Hijo de Dios. ¿Qué espectáculo puede haber más extraordinario que Dios muriendo en la cruz? ¿A quién no admira el exceso de amor que le obliga a morir por los mismos que le dan la muerte? ¿Quién no se asombra de su paciencia entre tan crueles tormentos? ¿Quién no queda extático al considerar la indignidad con que es tratado por viles criaturas el Dios de la gloria? ¿Y quién podrá sin asombro concebir la unión prodigiosa de estos dos términos; hombre-Dios y varón de dolores; en las alturas adorado por los espíritus celestiales, y en la tierra escupido, azotado, ultrajado y crucificado por los esclavos? ¿En el cielo sentado sobre trono de infinita grandeza, y en la tierra clavado en infame patíbulo? ¿Allá arriba abismado en un mar infinito de delicias, y aquí abajo en un diluvio de sangre y de lágrimas?

Querido Hermano, ejercítate en esta manera de orar, que es de mucha excelencia. Para esto procura despertar tu fe y tu amor, y elevar tu espíritu exclamando dentro de ti: ¡Oh Señor! ¿Quién sois vos y quién soy yo? ¿Es posible que el criador muera por la criatura, el Señor por el esclavo, el todo por la nada? ¡Oh cielos, asombrados de la hermosura de mi Dios! ¡Oh grandeza incomprensible, a qué extremo ha llegado vuestro anonadamiento! ¡Oh Jesús! ¿Qué amor es el vuestro que se ha conducido a tal extremo de dolores? ¡Señor! ¡Grandes e impenetrables son vuestros designios! ¡Ningún entendimiento puede comprenderlos; no hay lengua que pueda alabarlos ni explicarlos; sólo me queda el silencio y la oración profundísima para dorarlos!

¡Tú cruz será siempre para mí mucho más admirable que todas las demás manifestaciones de tu grandeza y de tu amor! Por ello la llevo cosida en mi pecho y rojo es su color, pues de amor y pasión; la forjó nuestro Señor. Lleno de amor, de admiración y de compasión por tan incomprensibles misterios, me postro, Señor, a los pies de tu cruz para bañarme y purificarme con tu sangre preciosísima. Caiga sobre mí ese riego divino que me haga cada día amarte más, Jesús amantísimo, pues mueres por mí, y que me lleve a admirar más tu pasión y acompañarte y compadecerte en tus dolores.