El Cister y su Vinculacion con el Temple

23/11/2014 - La Historia nos marca que en el año 1112 y habiendo transcurrido catorce años desde la fundación de la Orden del Cister, un joven de la Borgoña de tan sólo 22 años de edad acompañado de unos treinta compañeros, golpeó a las puertas de la nueva institución cenobítica pidiendo ser admitido en ella. Estamos refiriéndonos a quien más tarde sería ampliamente conocido como San Bernardo de Claraval.

La orden se hallaba en una época de expansión prodigiosa, de cuya fecundidad monástica brotarían un puñado de abadías en los cuatro años siguientes al ingreso de Bernardo y sus discípulos a sus claustros.

Ya hacia el año 1136, a la muerte de Esteban Harding, tercer abad del Cister, las abadías fundadas habían alcanzado un increíble número de setenta y cinco, trepando hasta la cifra insólita de 350 los monasterios cistercienses diecisiete años más tarde, en 1153, en occidente solamente.

 Sin embargo, más de dos años de tenaces combates serían necesarios para alcanzar las murallas de Jerusalén, la cuál, luego de un mes de cercada y asediada, sería tomada por asalto el 15 de julio de 1099. A modo de comentario, vale la pena añadir que cinco días antes de ésta última fecha, había muerto en Valencia el héroe castellano Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido como el Cid Campeador.

Mientras el ejército cruzado circulaba allá lejos, un monje gentilhombre de Borgoña, en marzo de 1098, se trasladaba con un grupo de seguidores a un lugar inaccesible por lo salvaje en la época, llamado Citeaux, (Cister en nuestra lengua) situado a unos 22 kilómetros al sur de Dijon, en búsqueda de mayor pobreza y una más estricta observancia de la regla de San Benito. Se trataba del que fuese abad de San Miguel de Tonnerre primero y luego abad-fundador del monasterio de Molesme.

 Alrededor del año 1100, al año siguiente al de la conquista de Jerusalén, el nombrado de Payns se hallaba integrado al séquito caballeresco de otro Hugo, conde de Champagne, al que todo parece señalar que acompañó en 1104 a su peregrinación a Tierra Santa.

 Será este mismo conde Hugo I de Champagne quien generosamente en julio de 1114, donará al Cister “el lugar de Claraval, con todas sus pertenencias: campos, prados, viñas, bosques y aguas”, donde se instalará el monasterio que tendrá por primer abad al joven Bernardo.

 Tanto la Orden del Cister como la del Temple, coinciden en sus orígenes impregnados de una misma ambientación de Cruzada, como así también en hombres de una idéntica área geográfica dedicados al servicio divino, sin dejar de mencionar los vínculos familiares que unían a las familias de San Bernardo y Hugo de Payns.

 Tenemos entonces que el primer contacto de Bernardo con el Temple está dado a través del conde Hugo I de Champagne, a quien para mas datos en el año 1125, dirige una carta felicitándole por haber profesado en la recientemente creada Orden del Temple, y, abreviando, haberse convertido en un pobre soldado raso al efecto, todo a través de sus votos de pobreza, obediencia y castidad, votos por los cuales asimismo el conde se desligara de sus posesiones y repudiara su matrimonio.

 La inequívoca toma de posición de San Bernardo a favor de la nueva milicia del Temple resonó en toda la cristiandad como un gran clarinazo de alistamiento, levantando oleadas de entusiasmo y provocando que muchos jóvenes caballeros acudieran a enrolarse a las filas templarias.

Al igual que incontables jóvenes caballeros se alistaron en la milicia templaria, o prometían participar en la defensa del Santo Sepulcro durante un tiempo determinado como cruzados, otros tantos que por su edad o condición no pudieron seguir esos caminos, se sintieron impulsados a contribuir a la misma empresa mediante la entrega de bienes y diversas heredades donadas a los templarios para que con sus productos se sostuviera a los hermanos de la cristiandad que luchaban en Palestina. De esta forma, en los años siguientes al apoyo de Bernardo al Temple con su De nova militia Christi y al concilio de Troyes, van a surgir centenares de encomiendas templarias en toda Francia, Flandes, Inglaterra, Escocia y en la Península Ibérica.

 Es enorme lo que el Temple debe a Bernardo de Claraval. Sin su considerable y poderosa ayuda, es probable que éste nunca hubiese pasado del grupo formado por los primeros nueve caballeros a cuya cabeza cabalgara Hugo de Payns.

 Demasiado les fue exigido, es justo que lo reconozcamos y su recompensa fue la hoguera.

 Revisemos la historia pues, profundicémosla y dediquemos a todos aquellos que brindaron su vida por una causa Superior, nuestra mejor disposición para continuar construyendo la ruta hacia la Jerusalén Celeste.

  Fuentes: El Cister y la Fundación de la Orden del Temple, Gonzalo Martínez.

 Mary-Su Sarlat