Llamamiento a los Templarios

                     

Si alguien me hubiese manifestado siete u ocho años atrás que en un futuro cercano estaría metida de pleno escribiendo una novela de connotaciones templarias y, lo que es más, confraternizando con los hermanos del Temple, le hubiese respondido que no estaba en su sano juicio. ¿Yo? ¿Jugar a los soldaditos en una Argentina siempre conflictiva? 

Este prólogo refleja la realidad de muchas personas que, como quien escribe, motivadas por la curiosidad que despierta un libro de historia medieval llegado accidentalmente a sus manos, comienzan identificándose con los valores de la Caballería Cristiana y de ese hecho en más, adhieren a los postulados de la misma, postulados éstos de innegable valor en los tiempos que corren. 

Luego, vamos por más. Entonces, llega la formación, la búsqueda mediante la lectura insaciable y el contacto con templarios del mundo entero que nos es provisto por Internet. Los e-mails circulan frenéticamente y descubrimos con satisfacción que no estamos locos, que existen hermanos a través del orbe que piensan como nosotros y que, con beneplácito, nos proveen del material indispensable tendiente a una paulatina iluminación que irá conformando a su ritmo las bases de nuestro templo interior. 

Luego, a la medida de nuestro avance, sacamos conclusiones (no siempre enteramente acertadas) y descubrimos que todo un mundo filosófico, histórico, crístico, cabalístico, alquímico, esotérico y exotérico, se va entrelazando al tiempo que las coincidencias se presentan, esto es, simple y llanamente, que un buen día se nos hace la luz interior y de repente nos damos cuenta de que todo tiene que ver con todo. Llegado a este punto, creo que debemos reflexionar sobre lo aprendido y sincerarnos con nosotros mismo. 

¿Hacia donde queremos ir? ¿Qué buscamos con tanto afán? ¿Vale la pena estudiar con ahínco y dedicación, robándole horas a la familia y al sueño las más de las veces? 

Todo depende de qué corriente o ramal del Árbol de la Vida estemos transitando. Generalmente, llegados a este estadio, nuestro yo interior nos marca que echar el carro cuesta abajo es una insensatez, que no claudiquemos, que nuestro Templo Interior está en plena construcción, que nuestro propio rey Salomón (voluntad) ha solicitado los servicios del arquitecto Hiram Abif (la formación) y que en breve, la Magna Obra por la que tanto luchamos, lucirá resplandeciente y acabada por siempre jamás. Ergo, estará en nosotros y solamente en nosotros, el evitar que un día lleguen los soldados romanos (tentaciones y vanidades) y destruyan en segundos todo aquello que por invalorable, tanto nos costó conseguir. 

Defendamos los principios, la Hermandad, la sencillez que es sabiduría, la caridad, la sinceridad y bien de otros valores que constituyen el acervo templario. 

Así, como el anciano tallado en piedra, el Alquimista-custodio de Notre-Dame de Paris, nos tocaremos con el gorro frigio sinónimo del Adepto, nos envolveremos con la capa ligera del laboratorio y, apoyados como él pero no en la piedra gris sino en la balaustrada de nuestra observancia, nos regocijaremos en nuestra propia emoción filosófica al constatar lo que nuestra fe nos ha dejado entrever… 

Nada más ni nada menos que el sólido y robusto edificio de la Catedral interior que arduamente supimos conseguir. En ésa instancia, comprenderemos el sentido kabalístico del número ocho, de su también cabal significación templario-filosófica: Es lo Nuevo que comienza y en tal caso, nos veremos situados en la plataforma de lanzamiento del verdadero Inicio, prestos a colaborar en la edificación del mundo nuevo que se nos presenta como verdaderos seres renacidos a través de la Iluminación proveniente de nuestro edificio interior. 

El Atanor de María Madre y Señora habrá completado una vez más su obra y nosotros, modernos templarios, cuidaremos de ella y nos deleitaremos en ella para su Mayor Gloria.

Fuente: El templo Interior  Sor+ Maria Susana Moschini Canciller  GPTSBA