Los Enemigos Internos

Por Victor Hugo Bassino

17/02/2015 - Una de las anécdotas que se contaron más tarde sobre Ricardo Corazón de León decía que, mientras yacía agonizante, se despojó humorísticamente de sus principales vicios, legando su avaricia a los cistercienses, su amor por la lujuria a los frailes mendicantes,  y su orgullo a los caballeros Templarios.  Ese mismo pecado del orgullo le atribuía a los Templarios un contemporáneo de Ricardo, el papa Inocencio III, uno de los hombres más extraordinarios en llevar la tiara papal en los dos mil años de historia de la Iglesia católica.

Elegido en 1198 a la edad de treinta y siete años. Inocencio era hijo del conde de Segni, y miembro, por lo tanto, de la patricia familia romana de los Scotti, que en los siglos XI y XII aportara toda una serie de papas; Clemente III, su tío, lo había nombrado cardenal en 1190 y tanto el sobrino como un sobrino nieto accederían al trono papal. Si en su ascenso hubo algo de nepotismo, no significó que Inocencio no fuera el mejor hombre para el puesto. Era excepcionalrnente inteligente, de una gran integridad, ocurrente, magnánimo, en extremo consciente del absurdo de los hechos y la gente que lo rodeaba, pero profundamente convencido de que, como sumo pontífice y “Vicario de Cristo” —término que fue el primero en usar— tenía autoridad sobre todo el mundo “por debajo de Dios pero por encima del hombre: alguien que juzga a todos y que no es juzgado por nadie”.

Inocencio estudió derecho canónico y fue el primero de una serie de papas abogados, pero su visión nunca fue estrecha ni formalista. Con extraordinaria energía, promovió la reforma pastoral de la Iglesia católica y la clarificación de sus enseñanzas, en el Concilio de Letrán celebrado en 1215. Insistió en la ortodoxia: eran tiempos en que, por debajo de la superficial uniformidad de la fe católica, había muchas corrientes subterráneas y divergentes de devoción religiosa. La prosperidad y mundanería de muchos de los clérigos planteaba desafíos a la Iglesia. Inocencio fue suficientemente tolerante para reconocer el valor de un idealista renovador como Francisco de Asís, pero condenó y se propuso extirpar la doctrina herética de los cataros de Languedoc.

Como todos los papas desde Urbano II, Inocencio III fue partidario entusiasta de la guerra contra el Islam. En 1198, a poco de su asunción, llamó a una nueva cruzada, y en 1199 escribió a los obispos y barones de Outremer señalándoles que los tratados con los sarracenos debilitaban sus esfuerzos para lograr que los cristianos de Europa tomasen la cruz. Para financiar la cruzada, impuso un tributo del dos y medio por ciento de los ingresos de la Iglesia. Concedió una indulgencia plenaria y el perdón de todos los pecados confesados no sólo a quienes fueran a Palestina, sino también a aquellos que enviaran representantes en su lugar. El librar una guerra santa en Tierra Santa se aceptaba entonces “como un ideal en la vida cotidiana de los europeos occidentales”,  pero “la presencia de la cruzada en la Europa medieval tardía fue quizá, más que cualquier otra cosa, la de ejércitos de recaudadores, banqueros y burócratas que se ocupaban de reunir y distribuir dinero, sin el cual no se podía hacer nada”

Como Ricardo Corazón de León, Inocencio III tenía una actitud ambivalente hacia la Orden del Temple. Conocía sus defectos. Los papas, como máximos soberanos de las órdenes militares, recibían permanentemente quejas en contra de los Caballeros, ya fuera de gobernantes seculares como el rey Amalrico de Jerusalén en el caso del crimen de los asesinos enviados, cometido por los Templarios o, con mayor frecuencia, del clero que sentía violados sus derechos. Dado que la mayoría de los cronistas de la época eran clérigos, como Guillermo de Tiro, probablemente brindsen una impresión exagerada del desprecio que la gente en general sentía por el Temple.

Algunos de los cargos son absolutamente triviales: por ejemplo, que el tañido de las campanas del complejo de los hospitalarios en Jerusalén molestaba al patriarca y confundía a los canónigos de la iglesia del Santo Sepulcro. Otros derivan directamente de los privilegios que los papas habían otorgado a las órdenes militares, en particular la exención del pago de diezmos. En el III Concilio de Letrán, de 1179, se aprobó una serie de decretos que recortaban los privilegios de las órdenes militares, anulados más tarde por el Papa. En 1196, el papa Celestino III reprendió a los Templarios por romper un acuerdo que habían pactado con los mismos canónigos del Santo Sepulcro sobre la repartición de los diezmos; y en 1207, el papa Inocencio III los amonestó por desobedecer a sus legados, por explotar el privilegio de decir misa en las iglesias puestas bajo interdicto y por admitir a cualquiera “dispuesto a pagar dos o tres peniques para unirse a la confraternidad templaria”.

 

Fuente: Los Templarios; Piers Paul Read