DEUS VULT V

DEUS VULT  Nº V

( 13 de Abril de 2018)

Boletín de noticias y actualidad del Maestrazgo Internacional de la Orden del Temple Para la Unidad, Fortaleza y Fraternidad de la S.M.O.T.H-MIT SUPREMUS MILITARIS ORDO TEMPLI HIEROSOLYMITANI

MAESTRASGO INTERNACIONAL

 Aclaramos a los señores lectores de nuestro Boletín, que las publicaciones de nuestros colaboradores no reflejan necesariamente la opinión de los editorialistas.

 

 

Índice:

 

+Esencia de la Caballería y Genio del Caballero

+El Simbolismo de la Espada

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Esencia de la Caballería y Genio del Caballero

 

El carácter y los ideales de la caballería adquirieron una mística tal que combinaba la nobleza de cuna, las virtudes cristianas, el coraje a toda prueba y el amor cortés.

El caballero ideal debía ser un hombre valeroso, leal y generoso, como los héroes de la poesía épica. A los ojos de la Iglesia, debía poner su espada al servicio del pobre, del humilde y del necesitado y, especialmente, al servicio de las Cruzadas a Tierra Santa. Leopoldo Lugones diría que la Caballería, «realizando las exaltaciones del poeta convertiría el heroísmo en estado normal», y también que «consiste en la hermosura de la generosidad sin límites con que sacrificaba el paladín bienes, comodidad y sangre al triunfo de la equidad y la fe.» Por ingenuo, pintoresco, histórico y hasta romántico nos sentimos tentados de hacer dos citas: la de Alfonso El Sabio y la de Ramón Llull -siglo XIII- del Libro de la orden de caballería. Alfonso el Sabio:

«Caballería fue llamada antiguamente la compañía de los nobles hombres, que fueron puestos para defender las tierras... antiguamente de mil hombres escogían uno para hacer caballero. Mas en España llamaban Caballería, no por razón de que andan cabalgando en caballos; más porque así como los que andan a caballo, van más honradamente que en otra bestia, así los que son escogidos para Caballeros son más honrados que todos los otros defensores». Ramón Llull: «Falló en el mundo la caridad, lealtad, justicia y verdad; empezó la enemistad, deslealtad, injuria y falsedad; y de esto se originó error y perturbación en el pueblo de Dios, que fue criado para que todos los hombres amasen, conociesen, honrasen, sirviesen y temiesen a Dios».

« Luego que comenzó en el mundo el desprecio de la justicia por haberse apocado la caridad, convino que por medio del temor volviese a ser honrada la justicia; por esto todo el pueblo se dividió en millares de hombres, y de cada mil de ellos fue elegido y escogido uno, que era el más amable, más sabio, más fuerte, de más noble ánimo, de mejor trato y crianza entre todos los demás.» « Se buscó también entre las bestias la más bella, que corre más, que puede aguantar mayor trabajo y que conviene más al servicio del hombre.

Y porque el caballo es el bruto más noble y más apto para servirle, por eso fue escogido y dado a aquél hombre que entre mil fue escogido; y este es el motivo por el que aquel hombre se llama caballero.» «Habiéndose destinado para el hombre más noble el bruto más generoso, se convino que entre todas las armas se escogiesen y tomasen las que son más nobles y conducentes para combatir y defenderse de las heridas y de la muerte; y estas son las que apropiaron al caballero.

Al que quiere entrar en la Orden de Caballería le conviene considerar y meditar el noble principio de la Caballería...» A comienzos del Siglo X, es citada por Hope Montcrieff una historia de Enrique el Cazador que define a las virtudes de la caballería como «lealtad al rey y a la Iglesia, lealtad al hablar, valentía y gentileza con las mujeres».

Del sur de Francia procedió la idea de que un caballero debía servir a una dama -a veces prometida o casada con otro, eso no importaría, como la extraña relación del Rey Arturo, Lancelot y la reina Ginebra- a la cual él amaría apasionadamente, aunque sin esperanzas. Los romances franceses y las canciones de gesta cantadas por los trovadores reflejan esta ética caballeresca. Resulta casi habitual componente de la caballería, la existencia de ese amor puro, a veces platónico, no siempre único, e imposible de concretar.

A la dama en cuestión se la debía idolatrar, con la íntima disposición de afrontar cualquier riesgo y estar decidido a luchar contra cualquier monstruo o gigante con tal de merecer ese amor. A ningún caballero romancesco le hubiera preocupado lo más mínimo perder la razón por esa imposible doncella, cual el caso de lo ocurrido por nuestro entrañable Quijote por Dulcinea, en última instancia una vulgar camarera de posada.

Nombramiento del caballero Como cualquier otra profesión, la de caballero se aprendía mediante la instrucción desde muy corta edad. A los siete años un niño era enviado a vivir a la residencia de un caballero; allí servía como paje aproximadamente hasta su pubertad, momento en que se convertía en escudero y servía a su señor en el campo, al tiempo que aprendía la destreza militar. El rey Arturo accedió a la caballería a los quince años, acuciado por la necesidad de ser rey.

En el siglo XII, se convertía en caballero cuando su maestría en las armas era reconocida por otro caballero, el cual le daba un fuerte golpe con su puño o con el plano de la hoja de una espada y le llamaba señor caballero. El ritual se llama ordenamiento o investidura. En el siglo XIII se otorgaba la dignidad de caballería con un ritual más complejo.

La Iglesia pedía al escudero que consagrara su armadura en el altar, que pasara la noche previa en vela orando y en ayuno, y que tomara un baño ritual antes de vestirse. Tenía entonces que presentarse para ser armado caballero -investido con el derecho para portar armas- por otro de rango elevado, tras lo cual, a veces, tenía lugar un torneo y una fiesta.

Los torneos, que en el siglo XII habían constituido imitaciones de batallas con gran derramamiento de sangre, en el siglo XIII pasaron a ser justas cuidadosamente arregladas, a veces incluso con armas embotadas -armas corteses o galanas-, que se celebraban ante una audiencia de damas cuyos favores buscaban los campeones. Fuente: Los Caballeros Templarios vida, muerte y resurrección Dr. Horacio Della Torre+

 

El Simbolismo de la Espada

  Más que ninguna otra arma, quizá sea la espada la que mejor sirve para representar la lucha que cualquier aspirante al Conocimiento ha de emprender en un determinado momento de su proceso contra aquellos que constituyen sus auténticos enemigos: los que porta en sí mismo.

 Dicho combate es la «gran guerra santa» de la que habla el profeta Mahoma cuando en una de sus sentencias dice: «Hemos vuelto de la pequeña guerra santa a la gran guerra santa», indicando así que la primera no es sino una representación exterior o un símbolo de la segunda.

 No hay que olvidar, en este sentido, que la espada es el principal atributo del dios Marte, el númen que infunde el espíritu guerrero en el hombre, dotándole al mismo tiempo del rigor necesario para que sepa distinguir el error de la verdad y negar la negación. De hecho, casi todos los héroes y dioses solares y civilizadores vencen a las potencias de las tinieblas y del caos (representadas en todos los mitos por las entidades ctónicas y telúricas como los Titanes, los dragones o las serpientes) ayudados con espadas, o con cualquier otra arma semejante, como la lanza, las flechas, el hacha simple o de doble filo.

 En este sentido, todas estas son armas que tradicionalmente se han asociado al rayo y a la luminosidad fulgurante del relámpago, es decir que tienen una conexión directa con el simbolismo de la luz, entendida como una energía esencialmente fecundante, al mismo tiempo que destructora de todo lo que se opone a lo superior, es decir la oscuridad tenebrosa y la ignorancia. Con ese espíritu combate el héroe germánico Sigfrido, o el caballero cristiano San Jorge, reflejo humano de San Miguel arcángel, el jefe de las milicias celestes.

 Todos ellos constituyen los modelos ejemplares de ese combate interior, el mismo que es sugerido por Cristo (que es la «luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre», según se lee en el Evangelio de Juan) cuando al expulsar a los mercaderes que profanan el Templo de Jerusalén les advierte que no ha «venido a traer paz sino espada».

 Y esa espada que él trae no es sino el poder de su Palabra o Verbo, de la que emanan la Verdad y la Justicia (ver Apocalipsis I, 16), y ante las que nada pueden la oscuridad de la ignorancia, representada por esos mercaderes que comercian con lo más sagrado.

 Estos serían los verdaderos enemigos -egos- ocultos (que en ocasiones aparecen en forma de personajes externos), aquellos que nos mantienen sujetos a los estados más inferiores, y de quienes nos hemos de liberar o «desligar» para acceder a la verdadera Vida prometida por la Iniciación y la Enseñanza.

 A ellos hay que vencerlos, pues, con la fuerza que otorga el Conocimiento, es decir en el plano de las Ideas, pues en la medida en que nos entreguemos a ellas es que los podremos reconocer e identificar, y por lo tanto expulsar del Templo que edificamos en el interior de nuestro corazón.

 A este respecto, mencionaremos que la espada, al igual que la lanza, es un símbolo complementario de la copa, como es el caso de la leyenda del Santo Grial, y siendo esta, como el Grial mismo, un símbolo de la Doctrina y del Conocimiento, la espada lo es de la vía que debe seguirse para alcanzarlo, es decir, aquello que nos ordena la inteligencia y la conducta, haciendo posible que tomemos verdadera conciencia de nuestro eje interno, y con él de la «Vía del Medio» que señala la dirección vertical hacia la cual hemos de tender permanentemente.

 De hecho, la espada (como las diversas armas mencionadas anteriormente) ha sido considerada por todas las tradiciones como un símbolo del Eje del Mundo, idea que está presente cuando la espada toma el lugar del fiel de la balanza, símbolo universal de la Justicia y del equilibrio cósmico, esto es de la armonía entendida como manifestación de la paz.

 Esta significación «axial» de la espada no hay que perderla nunca de vista, pues es la que le da su sentido más profundo, ya que dicha paz, nacida de la conciliación de los opuestos, no sólo se expresa en el orden externo y social, sino, sobre todo, en el interno y espiritual, que es, al fin y al cabo, el objetivo que persigue la «gran guerra santa»

 

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 Consejo de Redacción

 Fr++++ José Miguel Nicolau González, Maestre S.M.O.T.H-MIT-POCAC

 Fr+++ Víctor Hugo Bassino, Prior del Gran Priorato Templario San Bernardo de Argentina

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