Esencia de la Caballería y Genio del Caballero

POR VÍCTOR HUGO BASSINO

11 May 2014 El carácter y los ideales de la caballería adquirieron una mística tal que combinaba la nobleza de cuna, las virtudes cristianas, el coraje a toda prueba y el amor cortés.

El caballero ideal debía ser un hombre valeroso, leal y generoso, como los héroes de la poesía épica. A los ojos de la Iglesia, debía poner su espada al servicio del pobre, del humilde y del necesitado y, especialmente, al servicio de las Cruzadas a Tierra Santa. Leopoldo Lugones diría que la Caballería, «realizando las exaltaciones del poeta convertiría el heroísmo en estado normal», y también que «consiste en la hermosura de la generosidad sin límites con que sacrificaba el paladín bienes, comodidad y sangre al triunfo de la equidad y la fe.» Por ingenuo, pintoresco, histórico y hasta romántico nos sentimos tentados de hacer dos citas: la de Alfonso El Sabio y la de Ramón Llull -siglo XIII- del Libro de la orden de caballería. Alfonso el Sabio:

«Caballería fue llamada antiguamente la compañía de los nobles hombres, que fueron puestos para defender las tierras... antiguamente de mil hombres escogían uno para hacer caballero. Mas en España llamaban Caballería, no por razón de que andan cabalgando en caballos; más porque así como los que andan a caballo, van más honradamente que en otra bestia, así los que son escogidos para Caballeros son más honrados que todos los otros defensores». Ramón Llull: «Falló en el mundo la caridad, lealtad, justicia y verdad; empezó la enemistad, deslealtad, injuria y falsedad; y de esto se originó error y perturbación en el pueblo de Dios, que fue criado para que todos los hombres amasen, conociesen, honrasen, sirviesen y temiesen a Dios».

« Luego que comenzó en el mundo el desprecio de la justicia por haberse apocado la caridad, convino que por medio del temor volviese a ser honrada la justicia; por esto todo el pueblo se dividió en millares de hombres, y de cada mil de ellos fue elegido y escogido uno, que era el más amable, más sabio, más fuerte, de más noble ánimo, de mejor trato y crianza entre todos los demás.» « Se buscó también entre las bestias la más bella, que corre más, que puede aguantar mayor trabajo y que conviene más al servicio del hombre.

Y porque el caballo es el bruto más noble y más apto para servirle, por eso fue escogido y dado a aquél hombre que entre mil fue escogido; y este es el motivo por el que aquel hombre se llama caballero.» «Habiéndose destinado para el hombre más noble el bruto más generoso, se convino que entre todas las armas se escogiesen y tomasen las que son más nobles y conducentes para combatir y defenderse de las heridas y de la muerte; y estas son las que apropiaron al caballero.

Al que quiere entrar en la Orden de Caballería le conviene considerar y meditar el noble principio de la Caballería...» A comienzos del Siglo X, es citada por Hope Montcrieff una historia de Enrique el Cazador que define a las virtudes de la caballería como «lealtad al rey y a la Iglesia, lealtad al hablar, valentía y gentileza con las mujeres».

Del sur de Francia procedió la idea de que un caballero debía servir a una dama -a veces prometida o casada con otro, eso no importaría, como la extraña relación del Rey Arturo, Lancelot y la reina Ginebra- a la cual él amaría apasionadamente, aunque sin esperanzas. Los romances franceses y las canciones de gesta cantadas por los trovadores reflejan esta ética caballeresca. Resulta casi habitual componente de la caballería, la existencia de ese amor puro, a veces platónico, no siempre único, e imposible de concretar.

A la dama en cuestión se la debía idolatrar, con la íntima disposición de afrontar cualquier riesgo y estar decidido a luchar contra cualquier monstruo o gigante con tal de merecer ese amor. A ningún caballero romancesco le hubiera preocupado lo más mínimo perder la razón por esa imposible doncella, cual el caso de lo ocurrido por nuestro entrañable Quijote por Dulcinea, en última instancia una vulgar camarera de posada.

Nombramiento del caballero Como cualquier otra profesión, la de caballero se aprendía mediante la instrucción desde muy corta edad. A los siete años un niño era enviado a vivir a la residencia de un caballero; allí servía como paje aproximadamente hasta su pubertad, momento en que se convertía en escudero y servía a su señor en el campo, al tiempo que aprendía la destreza militar. El rey Arturo accedió a la caballería a los quince años, acuciado por la necesidad de ser rey.

En el siglo XII, se convertía en caballero cuando su maestría en las armas era reconocida por otro caballero, el cual le daba un fuerte golpe con su puño o con el plano de la hoja de una espada y le llamaba señor caballero. El ritual se llama ordenamiento o investidura. En el siglo XIII se otorgaba la dignidad de caballería con un ritual más complejo.

La Iglesia pedía al escudero que consagrara su armadura en el altar, que pasara la noche previa en vela orando y en ayuno, y que tomara un baño ritual antes de vestirse. Tenía entonces que presentarse para ser armado caballero -investido con el derecho para portar armas- por otro de rango elevado, tras lo cual, a veces, tenía lugar un torneo y una fiesta.

Los torneos, que en el siglo XII habían constituido imitaciones de batallas con gran derramamiento de sangre, en el siglo XIII pasaron a ser justas cuidadosamente arregladas, a veces incluso con armas embotadas -armas corteses o galanas-, que se celebraban ante una audiencia de damas cuyos favores buscaban los campeones. Fuente: Los Caballeros Templarios vida, muerte y resurrección Dr. Horacio Della Torre