Querido Hermano Templario, considera quien es el que ha querido ser entregado a la muerte para rescatarte; y si no eres más duro que las piedras, quedarás prisionero de su amor. Si Dios se hubiera contentado para salvarte con valerse del ministerio de un ángel, aún deberías estarle muy agradecido, pero tú salvación le ha sido tan cara, que no quiso confiarla a otro, sino él mismo se ha encargado de ella.

Considera Hermano quién eres tú, que tan amado eres por Dios, no puedes menos de reconocer que eres una vilísima criatura, un hombre lleno de pecados, un enemigo de tu criador. Apenas, dice San Pablo, se hallará alguno que quiera morir por un amigo inocente; pero Jesucristo pierde gustoso su vida por ti su enemigo, por ti pecador, y muere a manos de pecadores, a fin de convertirte de enemigo en amigo suyo, de pecador en justo, de desterrado-en rey.

Considera además Hermano, de que abismos de males te ha sacado Jesús, estabas al borde del infierno, cargado con la maldición del Padre Eterno, y con el peso de tus culpas, y a punto de caer en las llamas eternas, y Jesús, para librarte de ese peligro, ocupó tu lugar, y te rescató no con dinero, sino con su sangre preciosísima. ¿No merece esto que le ames?

Considera por último Hermano, cuánto ha costado tu salvación al Hijo de Dios. Para salvarte desciendo del Cielo hasta hacerse carne, padece innumerables dolores, combate generosamente contra tus enemigos, hasta morir en el campo de batalla, cubierto de heridas y de sangre. Después de esto ¿puedes dudar de su amor? ¿puedes negarle el tuyo?

Exclama, pues: "¡Sí Señor mío, os amo porque sois mi fuerza, mi refugio y mi libertador! Todo mi corazón será para Vos de aquí en adelante, porque desde hoy he decidido serviros, porque desde hoy voy a ser un buen soldado de vuestra milicia, un Templario".

 

Querido Hermano Templario, para meditar con fruto en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, es preciso que con los ojos de la fe contemples, como si la tuvieras presente, la Divina escena del Calvario, que te pongas al pie de la Cruz, recogiendo la sangre divina que de ella gotea y cae sobre el mundo. Esto has de considerarlo, no como cosa pasada, sino como presente a tu fe y a tu amor, excitandote al dolor de tus culpas como si realmente vieras a Cristo padecer y morir ante tus ojos.

Por esta razón puedes decir como San Bernardo, cuando celebraba el Viernes Santo: "Hoy muere el amado de mi corazón, hoy es el mundo redimido, hoy se eclipsa el sol, hoy los corazones y las piedras más duras se parten, hoy los sepulcros de la conciencia se abren, y los que han muerto por el pecado resucitan por la penitencia".

En segundo lugar, querido Hermano, has de mirar la pasión como si Jesucristo no sufriera más que por ti. Jesucristo, decía San Pablo, me amó a mí y se entregó a la muerte por mí. ¿Acaso se imaginaba el apóstol que solo por él había muerto el hijo de Dios? de ningún modo; pero lo sentía como si solo por él hubiera muerto, porque gozaba de los beneficios de la Cruz tan abundantemente como si Jesucristo se hubiera abrazado a ella para salvarle a él solo y porque si yo solo existiera en el mundo, por mí se hubiera entregado el Salvador.

Querido Hermano, entra con los ojos de la fe dentro del Corazón de Jesús, para descubrir en él el exceso de amor con que ha sufrido por ti, para que sientas los tormentos de su pasión como si tú los hubieras experimentado. Allí verás como se abrasaba en un celo tan ardiente por la salud de tu alma, que si hubiera sido necesario, habría permanecido gustoso en la Cruz hasta el fin del mundo.

Querido Hermano, recuerda que el señor sufre por el esclavo, y el esclavo no piensa más que en sus placeres, Jesucristo sufre por ti desprecios, afrentas y muerte, y tú, no contento con huir de sus penas, redoblas las injurias, los desprecios y las afrentas sobre la víctima inocente, sin que te enternezca la dulzura con que se inmola por ti.

Tu que eres un Templario, un Soldado de Dios, excita por ello en ti el amor a la Cruz, la fe viva y la humildad de corazón; para sacar el fruto de la meditación de la Pasión de Nuestro Señor.

 

Querido Hermano Templario, debes meditar que para atender y gustar los misterios de la cruz de Cristo, hacen falta almas crucificadas, amantes del padecer y que sepan penetrar en el interior de Cristo en los momentos supremos de su pasión y muerte. Los santos más semejantes al Divino modelo crucificado pasaron su vida entera al pie de la cruz, estudiando aquellos sublimes y divinos misterios y trasladándolos a su corazón hasta transformarse en una imagen viviente de Cristo crucificado.

Te debes llegar a la cruz con deseo vivísimo de participar de los dolores de Cristo para aliviarle a Él de los suyos y hacer que encuentre el alentador que busca y no haya en parte alguna, según se queja Él cuando dice: "Busqué quien me consolara, y no encontré". Participar, pues, de las penas de Cristo, amar su cruz, es amar a Cristo nuestro Señor como Él desea ser amado, con amor de desprendimiento y de sacrificio y de sincera amistad hacia Él.

En segundo lugar te has de llegar a la Cruz a meditar sus misterios con gran deseo de ver en Cristo crucificado no solo a tu Salvador, sino al modelo de todas las virtudes y a la fuente inagotable de todas las gracias.

Ese deseo lo colmará el Señor haciéndote ver las riquezas infinitas, no solo del dolor, sino de purísimos consuelos que se encierran en la cruz de Cristo, de los que participan los que en la cruz de Cristo lo buscan todo, Jesucristo, en su cruz, es generosísimo, pues aquella es el trono de su gracia, y los que allí se acercan disfrutan esas gracias con soberana largueza.

Pero recuerda Hermano Templario, que como Soldado de la Blanca Milicia de Cristo, has de ir a Él como el hambriento a la mesa, como el ciervo sediento a la fuente, cómo el avariento a su tesoro, y suspirar como suspiraban los santos por la presencia de Jesucristo, diciendo con toda tu alma: "Venid, amado mío, no tardéis en venir a mi; venid cuanto antes, mi Señor Jesús" "¿Hasta cuando haré resonar mis suspiros sin ser escuchado?". Pues esos ardientes deseos son otros tantos dardos que traspasan el corazón del Hijo de Dios, cadenas que lo sujetan y le atraen a morar en las almas sin que pueda resistirse.

 

Querido Hermano Templario, considera que cuando te sientas tentado no debes perder el ánimo; Dios quiere probar tu virtud, ejercitarla y coronarla. El santo de los santos quiso ser tentado en el desierto; ¿de que nos debemos admirar, si nosotros, que somos pecadores, padecemos tentaciones? Dios pone en tus manos tres remedios, entre otros, para que puedas siempre salir vencedor en la lucha. El primer remedio, sobre todo en las tentaciones contra la pureza, es huir de la casion. ¿Eres tentado? Huye, que el huir en este caso no es cobardía, sino prudencia y valor. Dios hizo consistir esta victoria, no tanto en el combate y en la resistencia, como en la precaución y en la huida. Si no huyes, es señal de que no quieres ni luchar ni vencer. El segundo remedio, Hermano lo dio Cristo a los apóstoles: "Velad y orad", para que no entréis en tentación. O como decía nuestro amado San Bernardo "Ora et labora". Todo nuestro esfuerzo en la tentación no puede venir sino del Socorro de Dios, y éste no le podemos alcanzar sin la oración. ¿Que es lo que nos hace tan flacos en las tentaciones? Que no tenemos oración, ni acudimos a Dios en los peligros. De la gracia depende toda nuestra fuerza para resistir al mundo, demonio y carne, y solo la oración nos puede alcanzar y asegurar esta gracia del Señor.

El tercer remedio que tenemos Hermano, es que si a pesar de la oración la tentación continua, es menester seguir luchando sin descansar, San Pablo oró y pidió hasta tres veces a Dios que le librase de la tentación, y no fue oído. Por flaco que seas, por poderosos que sean tus enemigos, no pierdas nunca el ánimo; Dios está presente en tu combate, te ofrece su socorro para sostenerte, y te presenta la corona para animarte. Considera que Jesucristo, por medio de su gracia, combate en ti, por ti y contigo, y si Jesús está de tu parte ¿que puedes temer? si el Señor está por mí, dice San Pablo, ¿que podrán contra mí todos mis enemigos? En este combate nadie es vencido si no quiere; mientras luchas puedes triunfar, y el precio de esta victoria es la corona inmortal. ¿Quién dejará de pelear a este precio?

Orar a Dios Hermanos, y decid como aquel Hermano Templario: "Señor con vuestro ejemplo y vuestra gracia me creo fuerte,a pesar de mi flaqueza, para resistir a los asaltos del demonio. Luchad Vos en mí y a favor mío, y nada temeré de los enemigos de mi salvación.

Querido Hermano Templario, considera que Cristo quiso ser tentado, en primer lugar para vencer a nuestros enemigos, y enseñarnos a combatirle; en segundo lugar, para merecernos la fuerza de vencerle y animarnos al combate con su ejemplo; y últimamente para humillar al demonio, que había triunfado del primer hombre, reparando así el pecado de nuestros primeros padres, y para levantarlos de su caída, haciendo a sus descendientes vencedores del demonio.

¿No son esas, muchas veces, las causas de tus tentaciones?. Tú eres tentado, o porque eres soberbio, y Dios quiere que te humilles, o porque no tienes vigilancia sobre tus sentidos y tu corazón, y principalmente sobre tus ojos y tus oídos; o porque tiene hábitos viciosos que están en inteligencia con el demonio, o tal vez porque tienes el corazón aficionado a alguna criatura y no te atreves a romper con los lazos que ponen en peligro tu salvación, o al menos tu perfección. Eres tentado, finalmente, porque eres hombre, y el hombre, siendo libre, no está fijo en el bien: y porque eres cristiano, tienes que ser soldado, esto es, debes pelear siempre para recibir la corona de la victoria, pues no te olvides; que además de soldado eres un Templario.

El demonio te tienta sin cansarse jamás, porque aborrece en ti la imagen de Dios, y envidia al hombre que ha de ocupar su puesto en el paraíso, y por eso quiere hacerlo su esclavo y compañero en sus penas. Trabaja Satanás para entrar en tu corazón, que es el trono de Dios, para allí ser adorado; quiere profanar su templo y santuario, quiere sacar a Jesucristo de su reino, que está en ti, y crucificarle en tu corazón, renovando las ignominias de su pasión dolorosa. ¿Vas a contribuir, tú, Hermano, dejándote vencer como soldado cobarde, a que logre sus designios? pues eso hacen cuando consientes en la tentación, cuando te rindes a su sugestiones.

Considera Hermano, por último, porque permite Dios que seas tentado, y verás que en eso, como en todo, busca su gloria y tú provecho. Quiere conocer si le amas; o más bien quiere que tú lo conozcas y que sientas tu debilidad, obligándote a que recurras a Él; quiere acrisolar tu virtud, despertarte y animarte al combate, sacudiendo tú pereza y desprendiéndote de las criaturas; quiere, por último, hacerte merecer el paraíso, que es premio y corona de los que hacen fuerza a sí mismos. Anímate a luchar con estas consideraciones, a imitación de Cristo y a ser un buen Soldado de la Cruz Bermeja del Temple.

 

Querido Hermano Templario, mira a Cristo venciendo a Satanás, y pide a tu divino capitán, Jesús, no ser nunca engañado ni vencido por el enemigo de tu alma.

Considera Hermano cómo se atrevió el demonio a tentar a Cristo para que no te desconsueles si te hallares tentado, y para animarte con su ejemplo a sufrir y guerrear hasta vencer al enemigo.

La primera tentación de Cristo fue de gula. Pues mostrando Cristo hambre, le acometió Satanás con la tentación de la gula, como el capitán que bate la fortaleza por la parte que ve flaquear el muro; y así, mostrando tu hambre por satisfacer cualquier pasión desordenada, enseguida por ahí te acometerá Satanás. Cristo vence con la confianza den Dios, que empeñó su palabra de no desamparar a los suyos en las necesidades; confía en su bondad, que no te dejará en las tuyas.

La segunda tentación fue de presunción. Considera como llevó el demonio a Cristo al pináculo del templo, y allí le persuadió que se arrojase desde él, confiando con vana temeridad que Dios enviaría a sus ángeles para que les llevasen en palmas y no se hiciese mal. Aprende las astucias del demonio y no te dejes engañar de sus lazos; huye como Cristo de la vanagloria y presunción con verdadera humildad si quieres salir vencedor de las tentaciones. Nunca vencerás si presumes de ti con temeridad o te pones en peligro de alma y cuerpo contra la voluntad de Dios.

La tercera tentación Hermano, fue de soberbia. Desde el templo llevo el demonio a Cristo a un monte elevado, y le ofreció, si le adoraba, todas las honras y riquezas del mundo. Considera que fuerte arma es la codicia de los bienes temporales y el afán de los honores, pues confía en ellos el demonio para poderle vencer, no habiendo podido con las otras tentaciones; guarda tu corazón libre de su afición, por que no caigas en sus lazos. Mira como las despreció Cristo, y llora tu flaqueza y tu malicia, ya que tantas veces has hincado la rodilla delante del demonio por intereses humanos.

Hermano con la humildad de Cristo, huyó el demonio derrotado. Resistele tú con valor y huirá de ti; y vendrán los ángeles enviados de Dios y te coronarán con la Victoria; gózate de ver a tu Capitán coronado de este modo. Pídele gracia y fortaleza para jamás doblar la rodilla ante ningún ídolo, y ser esclavo y soldado de solo Dios, nunca del demonio, del mundo, no de la carne, porque tú eres un Templario.

Querido Hermano Templario, considera que de las cosas de este mundo de que menos puedes responder es de tu propia voluntad; porque si bien por ser tuya puedes disponer de ella, eso mismo debe hacerte temer, pues si Dios se hubiere hecho dueño de tu voluntad estarías seguro; pero como ha querido que dependa de ti, que eres la fragilidad y la inconstancia misma, nada más insensato que fundar en esa; tu voluntad movediza la esperanza de tu salvación. En vano, pues, te promete que dentro de algunos años tendrá tu voluntad el suficiente imperio sobre tu corazón para arrancarlo de la esclavitud del pecado; y pues tú mismo reconoces que tu voluntad es ahora impotente para romper las ligaduras que te aprisionan ¿porque te prometes que las romperás más adelante?

Los pecadores que difieren en su conversión lo hacen así hasta el fin de su vida, y muchas veces la aplazan hasta el mismo día de su muerte. ¿Crees tú, acaso, que entonces te hallarás en estado de hacer una buena confesión? ¿Tendrás siquiera suficiente voluntad y espíritu para pensar en ello? ¿Serás bastante dueño de ti para mudar de repente de sentimientos y llegar a ser en una hora lo que no has podido ser en toda tu vida?

Aprovéchate, pues, de estos momentos tan preciosos y di a Dios con David: "Señor estoy resuelto; desde hoy comenzaré de veras a convertirme". O di con San Agustín: "Ah Señor, muy tarde empieza a amaros"; pero ¿que sería si lo difiriese todavía? ¿Es acaso demasiado el daros los pocos días que quizás me quedan de vida para merecer vivir con Vos una eternidad en la gloria?

Sigue un saludable consejo; no recibas en vano el don de Dios, pues el tiempo en Dios te hace santo, ya que es tiempo de bendiciones y gracias, en que la fe casi extinguida se reanima, vive y obra las mayores maravillas.

Querido Hermano, sal del pecado o de la tibieza y empieza a servir a Dios como se merece; para que encuentres para tu alma frutos de la salvación.

 

Querido Hermano Templario, considera que Dios es fiel, y porque es fiel podemos confiar en Él y en su gracia; pero contar con Él y con su gracia para continuar viviendo en el pecado es:

1- Querer que Dios sea fiel a quien le desprecia.

2- Combatirle con el más amable de sus atributos, que es su misericordia.

3- Querer que su fidelidad le convierta en cómplice y fautor de nuestros pecados.

Esto es querer que Dios sea fiel a quien le desprecia, porque resistir actualmente a su gracia no es otra cosa sino despreciarle. Pero ¡ay de vosotros los que me despreciáis, dice el Señor, porque vosotros seréis despreciados!.

Piensa que al diferir tu salvación, lo que realmente quieres es no convertirte hasta que el mundo te deseche o hasta que tú quieras desechar al mundo; y ¿crees que tratas a Dios como Él se merece dándole los desechos del mundo y un corazón corrompido por los vicios? Teme que por el honor de su gracia castigará el desprecio con que ahora le tratas y te rechazará, diciéndote lo que el Señor dijo a los judíos: "Retiraos, no os conozco, estoy harto de vuestros sacrificios".

Considera después que es Combatir a Dios con sus mismas armas es servirse de su misericordia para seguir ofendiéndole. ¿De qué proviene que no te conviertas? De que cuentas con la misericordia de Dios y con su paciencia y con que siempre estará dispuesto a concederte su gracia. Increíble abuso de la bondad de Dios, que Él no puede dejar sin castigo, pues precisamente somos peores apoyándonos en que Dios es sumamente bueno y misericordioso.

Diferir la conversión es también querer convertir a Dios en cómplice y fautor de nuestros pecados; y lo sería ciertamente si, a pesar de la rebeldía del pecador, su gracia le fuera siempre concedida. Saca de estas terribles verdades el no jugar más tiempo con la gracia de Dios; considera que el infierno está lleno de semejantes propósitos de futuras conversiones cual tú alimentas en tu corazón. No digas mañana, mañana, si no ahora mismo me levantaré, como el hijo pródigo e iré a arrojarme a los pies de mi Padre Celestial, pues yo en verdad soy un Caballero Templario.

Querido Hermano Templario, pregúntate si podrás contar con el día de mañana, nada está menos en la mano del hombre que el tiempo futuro, y contar con lo que no está en tu poder es insigne locura. Para más penetrarte de esta verdad, piensa que de las tres divisiones del tiempo: lo pasado, lo presente, y lo porvenir, solo puedes disponer de lo presente, pues lo pasado ya no te pertenece, y lo futuro no lo tienes todavía, ni sabes si lo tendrás.

Considera, por tanto, que el pecador que difiere su conversión se contradice a sí mismo, porque no quiere convertirse en el tiempo en que puedo hacerlo y lo deja para un tiempo en que no sabe si podrá llevar a cabo su propósito. ¡Ay Hermano mío! decía San Jerónimo, ¡Qué mal tomas tus medidas al querer hacer en un tiempo incierto una penitencia cierta! ¿Dices - exclama a su vez San Agustín- que Dios ha prometido al pecador penitente la remisión de sus pecados? Convengo en ello... Pero, ¿donde le ha prometido el día de mañana? Dios ve en el mundo dos clases de pecadores: los unos débiles y pusilánimes, los otros vanos y temerarios. A los primeros les dice: No temáis; por grande que sean vuestros pecados, desde el momento en que los lloréis os los perdonaré. Pero dice, en cambio, a los segundos: ¿Temblad, pues por auténtica que sea mi promesa, no se extiende hasta prometeros una hora más de vida!

Nada hay de cierto en lo que está por venir, porque lo futuro es la incertidumbre misma; solo sabemos que seremos sorprendidos por la muerte. El Salvador del mundo nos lo ha dicho en términos formales; "No sabéis la hora". Después de una palabra tan determinante, el diferir un solo día nuestra conversión, ¿no es insensata temeridad?

Querido Hermano, acuérdate de lo que el Salvador dijo llorando sobre Jerusalén: "No has conocido la visita del Señor, no te has aprovechado de este  día señalado para ti!. Piensa que el tiempo de la visita del Señor es este momento en que vives, esta inspiración que sientes, esta vos interior que oyes, y aprovechala, no sea la última vez que el Señor te llame; pídele perdón de tantas gracias desaprovechadas e inútiles para tu salvación.

Recuerda Hermano mío que el Señor nos dijo: "Sed fríos o calientes, porque a los tibios los vomitaré de mi boca".

 

Querido Hermano Templario, considera estas terribles palabras del Redentor: "Cuando viniere El Divino Espíritu argüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio". Mucho hay que reprender en el mundo; comete pecados sin número, vive bajo el dominio del demonio, que es su príncipe y su tirano, y ya está juzgado y condenado.

¿Quién contará los pecados del mundo? el mundo lo componen la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida. Todas sus opiniones son falsas; todas sus máximas contrarias a las del Evangelio; impiedad, todas sus costumbres; injusticias, sus leyes; crímenes, sus deseos; y escándalos, sus acciones. ¿Y tú amas a este mundo? y ¿Quieres ser de este mundo? El mundano jamás hace ningún bien espiritual, no adora a Dios en espíritu y en verdad, sólo habla de Dios para blasfemarle, desprecia su palabra, profana sus templos, oprime a los pobres en lugar de aliviarlos, solo mira con respeto y consideración a los ricos, aunque sean como el Epulón del Evangelio; no mortifica la carne ni combate las pasiones, sólo piensa en el placer, aunque esté prohibido por Dios. En el mundo la Religión pasa por superstición, la piedad, por insensatez; el Evangelio, por locura; tienese por necedad la inocencia, y por cobardía, la humildad y mansedumbre. Están desacreditadas todas las virtudes y canonizados todos los vicios. ¿Y tú amas a este mundo? ¿Y tú quieres ser de este mundo?.

El mundo está ya juzgado y condenado, porque lo está Lucifer, que es su príncipe. Jesús, por su misma boca, maldijo al mundo y lo separó de su Iglesia, no dándole lugar en sus oraciones; se declaró su enemigo, y amenazó a los que siguen al mundo con sentencia de réprobos y pena eterna. ¿Y con todo aún amas al mundo y quiere ser suyo?.

Entra dentro de ti Hermano Templario, y piensa en el retiro de tu corazón; ¿Para que fin estás en el mundo? ¿Qué seguridad se puede tener sirviendo al mundo? ¿Que querré yo haber hecho en la hora de mi muerte? si pierdo mi alma, ¿de que me servirá haber ganado todo el mundo? resuélvete a separarte del mundo Hermano todo lo que te sea posible, pues somos Templarios, la Blanca  Milicia de Cristo y nuestro es el Reino de los Cielos y la vida Eterna, porque somos de Dios y de su Iglesia y no del mundo que nos teme, porque sabe que le haremos frente, y que no vacilaremos en luchar por defender nuestra fe, nuestra Iglesia, a los pobres, débiles y oprimidos, porque somos esencia de Cristo e imitarle nuestra razón de existencia.

 

Querido Hermano Templario, hay que tener en cuenta los motivos que existen para aborrecer al mundo, porque el mundo siempre nos engaña, promete mucho y no cumple sus promesas, sus deleites no son verdaderos, ni puros, ni pueden contentar al corazón; se nos escapan cuando queremos disfrutarlos. ¡Qué hastío dejan en el alma! ¡Qué remordimientos en la conciencia! ¡En que vendrán a parar esas diversiones, esos excesos? En la ceniza de la muerte y en una eterna penitencia que habrá de hacer el pecador en el infierno. Debemos, además, aborrecer al mundo porque es enemigo de Jesucristo, esclavo y partidario del demonio, tirano de la virtud, padre y protector de todos los vicios. El que ama al mundo cree en las máximas del mundo, no lo amaría si creyese en las del Evangelio, que le es contrario; es cristiano de nombre, infiel de corazón. Los demonios creen en Dios y se burlan de Él. El que es amigo del mundo, se declara enemigo de Dios. ¿Qué partido vas a tomar Hermano? ¿Quieres ser enemigo de Jesucristo o del demonio?.

Es necesario, pues, huir del mundo con el espíritu, con el corazón, y si es posible con el cuerpo, su compañía es peligrosa; sus máximas, detestables; sus costumbres, corrompidas; sus ejemplos, escandalosos; sus partidarios, soberbios, avaros, sensuales, y llenos de vicios y enemigos de Dios. El mundo está ya juzgado y condenado por Jesucristo; preciso es, pues, apartarse de su compañía. Más vale ser aborrecido que amado por el mundo, porque dice nuestro Señor: "Si eres del mundo morirás en tu pecado"!.

Entonces Hermano ¿Porque quieres amar al mundo? Jesús dice que no es de este mundo; tú dices que res de este mundo; luego no eres discípulo de Jesús, ni Soldado de su Blanca Milicia.

Dí, pues, con los Santos, pero más con las obras que con las palabras: "Yo no soy del mundo; he aprendido a despreciarlo y a no adorarle; más quiero ser humilde con Jesús que es grande a los ojos del mundo; prefiero llorar con Jesús que alegrarme con el mundo, ser pobre estando con Jesús que poseerlo todo en compañía del mundo. Solo así querido Hermano llegarás a ser un verdadero Caballero.

 

Querido Hermano Templario, recuerda que nuestro Señor preguntó: "Las cosas que guardaste ¿para quién serán? (las cosas que allegaste, ¿cuyas serán?) En esta pregunta que hizo Dios al rico del Evangelio, se representa el último padecer de los que viven olvidados de la muerte, que es  dejar de repente con gran pena los bienes que tenían, sin gozarlos, ni disponer de ellos, ni saber a quién vendrán; esto es decirles: "De quién será la casa en que vives y la cama en que duermes? ¿los ricos ropajes con que te ataviás? y ¿los tesoros de oro y plata que tienes en la banca? ¿de quién serán los amigos que ahora te entretienen, y el oficio y dignidad por la cual todos te honran? ¡Miserable de ti, que atesorabas sin saber para quién!

Considera Hermano, lo que acaeció al rey Baltasar, el cual, estando en un festín vio de repente los dedos de una mano que escribían en una pared estas palabras: "Contó, peso, dividió". Las cuales declaró Daniel de esta forma: "Contó Dios tu reino y llego a su fin, te peso en su peso y te halló falto, dividió tu reino y entrególe a los Medos y Persas. Y así sucedió aquella misma noche, siendo muerto miserablemente.

Aplicando esto a mí mismo, he de imaginar que de repente llega un día o una noche, en la cual Dios, con los dedos de su justicia, escribirá en la pared de mi conciencia estas tres palabras: "Dios ha contado los días de tu vida y ya están cumplidos, y este día de hoy será el postrero; te ha pesado en su peso, examinando tus obras y halló que estaban faltas porque no habías cumplido con tus obligaciones; Dios ha apartado de ti los bienes que tenías y los ha entregado a otros que gocen de ellos. También ha dividido tu cuerpo y alma, y el cuerpo ha sido entregado a los gusanos y el alma será juzgada según sus obras".

Por eso Hermanos míos, roguemos al ¨Señor por su misericordia, para que vivamos con tanto cuidado que el día del juicio, cuando nos pusieran en nuestro peso no nos hallarán defectuosos sino enteros y llenos de todas nuestras obras, y aunque divida de nosotros el reino de la tierra, no nos excluya del Reino de su Cielo. Por eso obremos siempre como si hoy fuese el último día de nuestra vida.

"No vivamos ni un solo segundo del día, en un estado en el que no quisiéramos morir".

 

Queridos Hermanos Templarios, considerad que todos nosotros debemos dar buen ejemplo, los unos a los otros. Estamos en una hermandad espiritual, que es el Temple, para santificarnos y ayudarnos con la mutua edificación, para que cada uno sea espejo en que puedan mirarse los demás; no hay cosa que más sirva para moverse a la virtud que el buen ejemplo y santidad de los que la practican, Además de esta obligación general, hay otras que nacen del estado de cada uno. Si eres padre de familia, piensa en la obligación que tienes de dar buen ejemplo a tus hijos, y cuan enorme es el pecado que cometes dando mal ejemplo a los que, debiendo educar para Dios, los educas tal vez para el mal.

Examinate, pues, y mira despacio si das mal ejemplo en algo a tu prójimo, si es tu vida escandalosa, si te burlas de las personas piadosas, si las apartas de la devoción. ¿Cuántas almas habrás quizá perdido? y ¿qué bien has hecho para reparar tanto mal? ¿que bien puedes hacer que llegue a igualar a la pérdida de un alma? ¿que satisfacción darás a nuestro Divino Salvador, a quién le has robado, tal vez muchas almas, haciendo inútil su sangre, su muerte, y su dolorosa pasión? Llora todo esto con amargura de tu alma, procurando con tu buen ejemplo reparar el mal que hayas hecho.

Querido Hermano, Jesucristo ha dado la regla para precaverte del escándalo que recibes. Si tu ojo o tu mano te escandalizan, ha dicho el Señor, debes arrancarte el ojo y cortarte la mano antes que el escándalo que te dan esos miembros te lleve al pecado.

Teniendo en cuenta que según el Evangelio más vale entrar manco o tuerto en el reino de los cielos, que ir a parar con todos tus miembros a las profundidades del infierno.

Guárdate Hermano también de empujar a otros al camino de la perdición, porque su pérdida acarreará la tuya y serás tantas veces condenado cuántas hayas hecho con tus escándalos que otros se condenen. Tu condición de Templario te impone un deber estrechísimo de edificar con tu conducta al mundo, y mientras más elevada sea tu posición, más estrecha será esa obligación, porque el ejemplo de los grandes ejerce mayor influencia que el de los pequeños en el ánimo de las gentes. Acuérdate de estas palabras de Jesucristo: "Así ha de brillar vuestra luz delante de los hombres, que vean vuestras buenas obras. Mientras más grande seas, más obligación tienes de librar al mundo de los escándalos que en el reinan. Dios no te ha concedido autoridad sobre tus hijos, sobre tus Hermanos, o sobre tus inferiores, sino para que les des buen ejemplo y los guíes por el camino de la salvación.

Acuérdate, por último, querido Hermano, de que lo que primeramente han de hacer los ángeles el día del juicio es juntar y arrojar del Reino de Dios a los hombres escandalosos. No lo seas tú, y piensa que en ello te va el más grande de tus intereses, tu salvación y gloria eterna.

 

Querido Hermano Templario, considera como todas las cosas que Dios crió en el principio del mundo y que quedan referidas, y todas las demás que por medio de ellas se han multiplicado, dependen en la conservación de su ser del mismo Dios; porque la conservación de la obra con que Dios hace una cosa; y así como hizo todas las cosas con tres dedos de su mano, que son bondad, misericordia y una omnipotencia, así con estos mismos la sustentan y conservan, como enseña San Pablo, diciendo que Dios, sustenta todas las cosas. Pues ¿qué cosa puede ser más admirable y gloriosa que ver la máquina de todo este mundo, colgada actualmente de la voluntad y poder de Dios, mucho más que la luz del aire está pendiente del sol? De tal manera que como en ausentándose el sol, deja de ser la luz, así, en queriendo Dios suspender su concurso, toda esta máquina se volvería en nada, lo cual puede hacer en un momento. De donde sacaré varios afectos para fundamento de mi vida y perfección.

Unas veces afectos de confianza en un Dios que tanto puede y de quién todo depende venciendo los temores de las criaturas con esta omnipotencia del Creador, y diremos como Templarios igual que aquel valeroso Macabeo que dijo: "Nosotros confiamos en el Señor todo poderoso, que con un solo guiñar de ojos puede destruir a cuantos vinieron contra nosotros y a todo el universo".

Otras veces sacaré afectos de temor grande de su justicia por estar junta con tal omnipotencia, suplicándole que la modere con su misericordia, diciendo como Jeremías: "Corrígeme Señor pero que sea con juicio y no con furor, porque no me vuelvas en nada como mis pecados merecen".

Pero mucho más temeré ofender a un Dios de quién actualmente está colgado mi ser y cuanto tengo, como temblaría de injuriar a un hombre que me tuviese con sus tres dedos colgando de una torre altísima, y en su voluntad estuviese soltarme de la mano para que me despeñara.

Otras veces sacaré afectos de profundísima humildad, reconociendo esta íntima dependencia que tengo de Dios en mi ser y en todo lo necesario para mí conservación; juntando con la humildad la caridad, porque mirando como este ser no puede conservarse sin Dios, he de humillarme y tenerme por nada delante de Él; y mirando como Dios le conserva, he de amar a quien tanto bien me hace; y por este camino el conocimiento de mí nada causa grande amor al que me saca de ella y me conserva siempre en el ser que me ha dado. Por todo ello queridos Hermanos Templarios debemos respetar la acción e Dios, no atreviéndonos a nada, ni hacer cosa que le desagrade.

 

Fr++++José Miguel Nicolau

 

Querido Hermano Templario, considera como Dios con altísima sabiduría no quiso criar de nada el cuerpo del primer hombre, sino hacerle del polvo de la tierra, mezclado con agua, como el ollero hace el barro y de él forma los vasos, para que el hombre se fundase en profunda humildad, viendo su vil origen de esta parte y conociendo la fragilidad de la naturaleza, y, por consiguiente, la mortalidad que de tal principio le viene.

Con esta consideración, unas veces para reprimir mi orgullo, diré aquello del Eclesiástico: ¿De que se ensorbebece la tierra y ceniza? ¡O soberbio presuntuoso! ¿De que presumes? ¿Por ventura de la tierra y polvo que lleva el viento? Humillate hasta la tierra, pues eres tierra.

Otras veces, para reprimir las quejas que se levantan en el corazón contra los juicios de Dios, porque no me das las cosas que deseo, diré aquello de San Pablo: ¡Oh hombre! ¿Tú quién eres para andar en quejas con Dios? ¿Por ventura puede decir el vaso de barro al ollero; Por que me hiciste así? ¡Ay del que contradice a su Hacedor, siendo vaso hecho de tierra!

Otras veces, para levantarme la confianza en Dios, que me hizo de barro, diré aquello del profeta Isaías: "Tú eres nuestro Padre, y nosotros barro; tu nuestro formador, y nosotros obra de tus manos. No quiebres Señor, el vaso que hiciste, pues no le hiciste para quebrarle con rigor, sino para servirte de él con entereza.

Otras veces, para resignarme con gozo en las manos de Dios y darle la gloria de todo lo bueno que en mi hay, me acordaré de todo lo que dijo a Jeremías: "Como el barro está en manos del ollero así estáis vosotros en las mías".

Y finalmente, querido Hermano Templario, para huir de todos los pecados, me acordaré que ellos deshacen esta obra de barro y la convierten en polvo del que fue hecha, conforme con la sentencia que dio Nuestro Señor contra Adán, diciéndole que se convertiría en tierra, de dónde fue formado: "Eres polvo y serás tornado en polvo". Como quién dice: "Por esto te hice de la tierra y del polvo, para que entendieses que si no guardabas mi ley te convertirías en la tierra y polvo del que te hice, pues quien no estima al que le sacó del lodo, justo es que se vuelva al lodo de donde le sacó".

Demostremos queridos Hermanos de que somos dignos de llamarnos Soldados de Dios.

 

Reflexiones de Nuestro Maestre

Querido Hermano Templario, considera como Dios hizo al hombre para que presidiera a los peces del mar, y a las aves del cielo, a las bestias de toda la tierra, y a todo lo que se arrastra por ella.

En lo cual sea de ponderar, lo primero, la excelencia del hombre por razón de ser hecho a imagen de Dios; de dónde procede que como Dios es Supremo Señor de todas las criaturas, así el hombre le sea semejante en ser superior a todas las criaturas de la tierra, con entero dominio de ellas, para servirse de todas y poderlas sin injuria matar para su sustento.

Por lo cual, admirándome de la infinita liberalidad de Dios para con nosotros diré como dijo David: "¿Quién es el hombre para que te acuerdes de él? ¿O el Hijo del hombre para que la visites? hicistele un poco menor que a los ángeles; coronástele de honra y gloria, y constituístele sobre las obras de tus manos; pusiste todas las cosas debajo de sus pies; las ovejas y las vacas y todo el ganado del campo, las aves del cielo y los peces que nadan por el mar. ¡Oh Señor y Señor nuestro, cuan admirable es tu nombre en toda la redondez de la tierra!

Lo segundo Hermano, que se ha de ponderar, es la providencia de Dios; así con los animales, como con los hombres en este caso. Porque viendo su Majestad que todas las cosas que había criado en la tierra, por carecer de razón, tenían necesidad de quien las gobernase, crió al hombre a su imagen y semejanza para que presidiese sobre ellas, proveyendo también con esto al mismo hombre del alivio y regalo que había de menester para pasar su vida, pues como es sabido; qué pastoreando el hombre a sus ovejas hace bien a ellas y así.

También recuerda querido Hermano, que aún después del pecado resplandece esta Misericordia y Providencia de Dios con el hombre, porque, como consta de lo que dijo a Noé, le dejó el pleno dominio y uso de todos los animales que le podían ser de provecho. Por todo ello Hermano debemos hacer repetidos actos de amor y gratitud a Dios por sus beneficios sin olvidarnos que por ser Caballeros de la Blanca Milicia de Cristo estamos obligados, con más razón, a ello.

 

Querido Hermano Templario, tras las dos últimas reflexiones, hemos de considerar como Dios no solamente creo al hombre a su imagen, sino también a su semejanza, de modo que la imagen fuese muy perfecta y semejante al ejemplar de dónde se sacó. Y así, no contento con haberle creado a su imagen, según la naturaleza al modo dicho, creo también al primer hombre a su semejanza, según el ser de la Gracia y Justicia original. Por el cual dijo el sabio que Dios creo al hombre con rectitud, porque las cosas de Dios son perfectas y nunca vanas ni vacías de la perfección que pueden tener conforme al fin para que las cría. Y como el primer hombre, por ser hecho a imagen de Dios, era capaz de su gracia y amistad, quiso crearle con esta perfección comenzando a llenar este vacío y capacidad que tenía para los dones sobrenaturales.

De aquí también procedió que la semejanza en el ser de la gracia que Dios dio al primer hombre fue muy perfecta, porque no solamente santificó al alma y la rectificó y conformó con Dios, sino que también la dio pleno dominio y señorío sobre sus pasiones, de modo que con su libre voluntad mandase los apetitos, sin que jamás se rebelase contra la razón ni tuviesen guerra con ella, como ahora la hay entre la carne y el espíritu; y a semejanza de Dios, tenía paz en su reino interior, sin que hubiese dentro de él quien resistiese a su libre voluntad.

De aquí también resultó que la imagen y semejanza de Dios, que principalmente está en el alma, se derivase al cuerpo, no solamente por la rectitud que tiene andando derecho y levantado al cielo sino por la participación de la inmortalidad que le comunicaba el alma, en cuya potestad estaba que nunca muriese, como no muriera si no pecara.

Por eso Hermano Templario, recuerda que nuestro Padre misericordioso predestinó a sus escogidos para que fuesen conformes a la imagen de su Hijo, por ello debemos conformarnos con ella en la santidad, para que alcancemos la perfecta semejanza de su gloria.

Para ello perfeccionemos en nosotros la imagen de Dios, viviendo intensamente como Hijos de Dios, como Soldados de Cristo, y no la manchemos con ninguna culpa pues somos Templarios.

 

Querido Hermano Templario, hoy vamos a  hablar de las otras tres excelencias naturales del alma; considera que el alma tiene un libre albedrío a semejanza del divino, tan generoso para querer o no querer lo que e da gusto, que no es posible forzarla contra su inclinación, ni otro hombre ni Ángel puede necesitarla, porque solamente está sujeta a su Criador, el cual dejó al hombre en la mano de su consejo, y en su voluntad puso la vida y la muerte para que pudiese escoger lo que quisiese.

La quinta excelencia el alma, que nace de la precedente, es ser capaz de sabiduría y ciencia, de virtud y gracia, de bienaventuranza y gloria, y de todos los dones naturales y sobrenaturales que en razón de esto la puede Dios dar, con una capacidad tan infinita que solo Él puede hartar y mientras no ve y posee a Dios no es posible estar del todo harta; en lo cual resplandece grandemente la imagen de Dios, pues como Dios no se puede llenar sino es consigo mismo, así la capacidad y deseo del alma no se puede llenar sino es con Dios.

La secta excelencia es que como Dios es Supremo Señor de todas las cosas y las encierra en sí con eminencia, y tiene mando y potestad sobre ellas, y es el fin último a que se ordenan, así el hombre, por razón de su alma, es superior a todas las cosas visibles y corporales, y hasta los mismos cielos y estrellas le son inferiores y se ocupan en su servicio. En sí encierra los grados de todas las cosas; de los cuerpos, plantas, animales y ángeles y como mundo abreviado, abraza lo que hay en este mundo extendido y preside con gran potestad a todo lo que hay en la tierra.

De todas estas consideraciones, querido Hermano, se sigue que el ser hecho a imagen de Dios es excelencia singular y propia de solo el hombre entre las criaturas corporales, las cuales no son más que un rasguño y pisada o huella de la grandeza de Dios. Y así tengo que alentar a mi alma para que, conociendo su nobleza y generosidad, no desdiga de ella, sino que todas entrega a Dios, trayendo a la memoria lo que Cristo nuestro Señor dijo a los que le preguntaron si era lícito pagar tributo al César, y demostrándoles una moneda les dijo: "¿Cuya es esta imagen?" respondieron ellos : "De César" "Pues dad, dice, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.

Hermanos Templarios, como soldados de Dios, debemos entregar nuestra alma a Dios y debemos caminar por el camino de la salvación.

Querido Hermano Templario, considera como Dios, Trino y uno, creo al hombre a su imagen y semejanza, dándole un alma en quien principalmente está esta imagen, semejante a sí mismo en su Supremo grado del ser intelectual y en las mas excelentes perfecciones de la divinidad que se pueden comunicar a las criaturas. Las cuales reducimos a seis ponderando en cada una la excelencia de este soberano beneficio, hoy vamos a tratar de las tres principales:

La primera excelencia de nuestra alma, por la cual es imagen de Dios, es que así como Dios es espíritu puro, y por consiguiente, invisible a los ojos de carne, e indivisible en el lugar donde está,porque en cualquier parte de Él está todo con gran eminencia, conservándose y dando ser, vida y movimiento a la casa donde está, del modo que es capaz de ella, así nuestra alma es puro espíritu, y, por consiguiente, es invisible a los ojos corporales si no es por los efectos que obra en el cuerpo, en el cual está indivisiblemente, porque todo está en los ojos, oídos, manos y en cada parte y miembro, dando a cada uno el ser y modo de vida o movimiento y oficio que tiene, Y así, faltando este espíritu, todo esto falta en el cuerpo, y se convierte en polvo. Por todo lo cual es razón que nuestro espíritu, con todos los miembros donde esta, glorifique a Dios haciendo de ellos lenguas para bendecirle.

Otra excelencia es que como Dios es inmortal, y aunque está en el mundo, no depende de el y si el mundo dejase de ser, Dios permanecería en si mismo, así nuestra alma es inmortal, y aunque esté en este cuerpo mortal, no depende de el su ser; y cuando el cuerpo muere se convierte en la tierra de donde fue formado, no muere el espíritu, sino que permanece, y va a Dios, que le crió, para que le señale el lugar donde ha de vivir conforme a sus merecimientos.

La tercera excelencia del alma, es que con ser una tiene tres nobles potencias, con tres suertes de actos nobilísimos:  entendimiento, con que conoce las cosas así corporales como espirituales, y discurre por todas las criaturas de la tierra y del cielo; memoria, con que se acuerda de las cosas que ha entendido, y las pasadas tiene como presentes; voluntad, con que quiere, ama o aborrece lo que a conocido, De dónde procede que no solamente tiene en si la imagen de la divinidad, sino también de la Santísima Trinidad porque como el Padre Eterno, conociéndose, produce al Verbo, que es su Hijo, y los dos, amándose, producen el amor que es el Espíritu Santo, así nuestra alma, con sus potencias, puede mirar a Dios, y con el entendimiento produce dentro de si un verbo y concepto semejante a lo que es Dios. Y con la voluntad produce otro amor Santo de Dios que la haga Santa; y en esto como dice Santo Tomás, está principalmente la excelencia de ser nuestra alma imagen de la santa Trinidad.

Hermano vive luchando cada día por ser más semejante a Dios, pues si fuimos creados a su imagen y semejanza, no es lógico, ni justo, que cada día vivamos más alejados y en disonancia de un Padre tan benignísimo.

Querido Hermano Templario, hablemos de la vida activa y contemplativa. Considera como Dios viendo todo lo que había hecho el quinto día, lo dio por bueno, porque todo era muy perfecto y conveniente para el fin que lo ordenaba.

Levantando el espíritu, pondera lo que dice la iglesia, qué de los seres vivos hizo Dios el agua: -una parte hundes en el mar; y otra parte levantas en el aire, significando que los que son engendrados por el agua del bautismo se parten en dos modos de vida; uno son seglares y otros religiosos; unos siguen la vida activa, figurados por los peces, porque en la mar de este mundo se ocupan en obras de virtud; mezcladas con negocios y cuidados del siglo; otros escogen la vida contemplativa, figurados por las aves, porque con las alas de la contemplación vuelan de lo terrenal a lo celestial, y tienen su conversión en los cielos.

Los primeros tienen la parte de Marta, de quién dijo Cristo que andaba solícita y turbada en muchas cosas, porque viven en el mar tempestuoso y turbado del mundo, donde hay muchas cosas que turban y amargan nuestras almas. Los segundos escogen, como María su hermana, la mejor parte, gozando de la quietud que tiene quién se levanta sobre todo lo terreno a juntarse con Dios, y lo santificó con el agua del bautismo, y los lava con el agua de penitencia y lágrimas. Y así de ambos se entiende lo que dice la Escritura: "Vio Dios lo que había hecho, y era bueno"; pero en diferente manera, porque los ejercicios de penitencia y las lágrimas de los seglares van mezclados con dolor y amargura de corazón, por las culpas en que han caído y caen por su flaqueza; pero las lágrimas de los contemplativos son dulces y delicadas, porque son lágrimas de amor y devoción, con deseos y suspiros de unirse con Dios.

¡Oh Señor, Criador de todas las cosas, en este día quinto criaste las criaturas que representan estas dos vidas para dar vida y sustento a los hombres! Suplícote que cada día des a mi alma pasto de acción y de contemplación para conservar y sustentar su vida hasta que por tu misericordia alcance la eterna, en la cual te alabe y glorifique por todos los siglos.

Hermano Templario, levántate como ave con las alas de la oración retirada, y muchas veces al día con actos de presencia de Dios.

Querido Hermano Templario, seamos como estrellas. Considera el gran beneficio que nos hizo Dios en la creación de las estrellas, ponderando sus excelencias y maravillas.

La primera es su muchedumbre, que es innumerable a los hombres, como lo son las arenas del mar, y así se precisa Dios de saber su número, y de conocer a cada una por su nombre, y con ser tantas y tan bellas, y de extraordinaria grandeza, en su momento las crió y puso en el firmamento con admirable orden y concierto, como un ejército de soldados muy concertados, y así las llama la escritura; escuadrones celestiales, guardando cada una su órbita, con gran firmeza y haciendo maravillosas figuras unas con otras.

La segunda excelencia, es que justamente con la luna presiden, como dice David, en la noche y nos alumbran y sirven de guías para las jornadas y navegaciones, y con su presencia hermosean y adornan grandemente el cielo cuando se descubren en la oscuridad de la noche.

La tercera excelencia es que causan maravillosas influencias en la tierra, en los seres vivos y en los hombres, y aunque son ocultas no por eso dejan de ser muy provechosas, por las cuales debemos a Dios tantas gracias, pues las ordenó para nuestro bien; y así dice el profeta Baruch que en llamándolas Dios, dicen muy alegres: "Aquí estamos, y alumbran con alegría en servicio del que las crió". Todo esto Hermano, me ha de ser motivo de alabar a Dios, procurando en agradecimiento de este beneficio imitar las propiedades dichas, en que son símbolo de las almas justas, especialmente de las que con ejemplo y palabra enseñan a otros la virtud; por lo cual como dice Daniel: "Resplandecerán en el cielo en perpetuas eternidades".

Querido Hermano, demos gracias a Dios santísimo y criador, por la hermosura que dio a tan innumerables estrellas, distribuyéndolas por el cielo con admirable concierto, dando a cada una su propio resplandor, y su propio oficio, y pidámosle que nos conceda; que nosotros seamos estrellas en la iglesia militante, guardando como fieles soldados nuestro puesto, y obedeciendo a sus preceptos con alegría, para que luciendo aquí para su gloria, reinemos nosotros con Él por todos los siglos.

Querido Hermano Templario, enseña al ignorante la doctrina cristiana, para que brilles como estrella en perpetuas eternidades, evangeliza al perdido, al ausente, para que gracias a ti, y al temple, vuelva como fiel cordero, al redil de nuestro Señor Jesucristo, para en un futuro militar en las filas celestiales por toda la eternidad.

Seamos faro en la noche, luz en las tinieblas, que guíe a las almas perdidas.

 

Querido hermano Templario, considera como Dios dividió la luz de las tinieblas, y a la luz la llamo día, y a las tinieblas noche, queriendo que en la tierra hubiese sucesión de luz y tinieblas, de días y de noches, para que los hombres trabajasen de día con la luz, y descansasen de noche con las tinieblas, cesando del trabajo para dar alivio al fatigado cuerpo. En lo cual se descubre la suave providencia desde este Señor, que así proveyó lo conveniente para nuestros cuerpos. Por lo cual le debo dar gracias, así por la luz, como por las tinieblas, convidándolas a que alaben a Dios con aquellas palabras del Cántico: "Bendecid al Señor la luz y las tinieblas, los días y las noches; alabadle y glorificadle por los siglos."

Subiendo de aquí a contemplar lo espiritual, ponderará la diferencia que hay entre Dios y los hombres, y entre el cielo y la tierra, porque Dios Nuestro Señor, como dice San Juan, es la misma luz sin que haya en él tinieblas. Y en el cielo, cómo se dice en el Apocalipsis, no hay sucesión de noches y días, porque allí no hay noches; pero en la tierra hay de todo, con mucha sucesión y división.

Por tanto, querido Hermano, mira como vives y llégate al bando de los Hijos de la luz, para que cuando venga el Supremo juez a dividirlos de los hijos de las tinieblas te quepa su dichosa suerte, quedándote con ellos en la eterna gloria.

Además de esto, en la tierra hay gran división de luz y tinieblas, de días y de noches, en varios hombres aunque sean justos, y en uno mismo en diversos tiempos; porque ya está en prosperidad, ya en adversidad, ya en honra, ya en deshonra, ya en devoción de espíritu, ya en sequedad de corazón, ya con grandes ilustraciones interiores, ya con grandes tinieblas y falta de ellas. Y esta división hace Dios para ejercicio de sus escogidos y se agrada de ella; porque conviene esta sucesión de luz y tinieblas para el bien de su alma; y así me tengo que alegrar de ella, y darle gracias por lo uno y por lo otro, pues su providencia lo trazó para darme por este camino la eterna luz de su bienaventuranza.

Finalmente querido Hermano pondera que, pues Dios puso nombre a la luz y las tinieblas, llamando a la luz día y a las tinieblas noche, yo, como Caballero Templario, estoy obligado a conformarme con los nombres que de tal sabiduría procedieron, teniendo por luz y por día, por virtud, santidad, y prosperidad a lo que Dios tiene por tal y llama por tal nombre; y de la misma manera teniendo por tinieblas y por noche, y por vicio y culpa y adversidad a lo que Dios pusiera tal nombre, para que no me comprenda la amenaza del profeta que dice: "¡Ay de los que llamáis bien al mal, y mal al bien, confundiendo las tinieblas con la luz y la luz con las tinieblas!".

¡Oh luz inmensa! alumbra nuestros corazones con la luz de la ciencia y claridad que resplandecen en el rostro de Jesucristo, para que nuestro sentir, hablar y obrar sea en todo conforme al suyo, pues quien le sigue no anda en tinieblas, sino siempre tendrá luz de vida, gozando con Él de su eterna gloria.

 

Querido hermano Templario, considera como Dios dividió la luz de las tinieblas, y a la luz la llamo día, y a las tinieblas noche, queriendo que en la tierra hubiese sucesión de luz y tinieblas, de días y de noches, para que los hombres trabajasen de día con la luz, y descansasen de noche con las tinieblas, cesando del trabajo para dar alivio al fatigado cuerpo. En lo cual se descubre la suave providencia desde este Señor, que así proveyó lo conveniente para nuestros cuerpos. Por lo cual le debo dar gracias, así por la luz, como por las tinieblas, convidándolas a que alaben a Dios con aquellas palabras del Cántico: "Bendecid al Señor la luz y las tinieblas, los días y las noches; alabadle y glorificadle por los siglos."

Subiendo de aquí a contemplar lo espiritual, ponderará la diferencia que hay entre Dios y los hombres, y entre el cielo y la tierra, porque Dios Nuestro Señor, como dice San Juan, es la misma luz sin que haya en él tinieblas. Y en el cielo, cómo se dice en el Apocalipsis, no hay sucesión de noches y días, porque allí no hay noches; pero en la tierra hay de todo, con mucha sucesión y división.

Por tanto, querido Hermano, mira como vives y llégate al bando de los Hijos de la luz, para que cuando venga el Supremo juez a dividirlos de los hijos de las tinieblas te quepa su dichosa suerte, quedándote con ellos en la eterna gloria.

Además de esto, en la tierra hay gran división de luz y tinieblas, de días y de noches, en varios hombres aunque sean justos, y en uno mismo en diversos tiempos; porque ya está en prosperidad, ya en adversidad, ya en honra, ya en deshonra, ya en devoción de espíritu, ya en sequedad de corazón, ya con grandes ilustraciones interiores, ya con grandes tinieblas y falta de ellas. Y esta división hace Dios para ejercicio de sus escogidos y se agrada de ella; porque conviene esta sucesión de luz y tinieblas para el bien de su alma; y así me tengo que alegrar de ella, y darle gracias por lo uno y por lo otro, pues su providencia lo trazó para darme por este camino la eterna luz de su bienaventuranza.

Finalmente querido Hermano pondera que, pues Dios puso nombre a la luz y las tinieblas, llamando a la luz día y a las tinieblas noche, yo, como Caballero Templario, estoy obligado a conformarme con los nombres que de tal sabiduría procedieron, teniendo por luz y por día, por virtud, santidad, y prosperidad a lo que Dios tiene por tal y llama por tal nombre; y de la misma manera teniendo por tinieblas y por noche, y por vicio y culpa y adversidad a lo que Dios pusiera tal nombre, para que no me comprenda la amenaza del profeta que dice: "¡Ay de los que llamáis bien al mal, y mal al bien, confundiendo las tinieblas con la luz y la luz con las tinieblas!".

¡Oh luz inmensa! alumbra nuestros corazones con la luz de la ciencia y claridad que resplandecen en el rostro de Jesucristo, para que nuestro sentir, hablar y obrar sea en todo conforme al suyo, pues quien le sigue no anda en tinieblas, sino siempre tendrá luz de vida, gozando con Él de su eterna gloria.